martes, 16 de diciembre de 2014

Brindis



 
Brindo por las verdades como puños
Por el amor que se demuestra,
Por la amistad que es sincera
Y por la recta conciencia.

Pero puesto que brindamos
También será de justicia
Reconocer toda malicia
De quienes nos mienten y engañan.

Así pues alzo mi copa
por los que dicen ser otra cosa
distinta de la que son.

A quienes guía la avaricia,
el egoísmo,
la codicia
o la ambición.

A quienes nos defraudan con sus acciones,
A los que ocultan sus pretensiones,
 A los que nos estafan
O causan desazón.

Dios les bendiga a todos ellos.
A los desagradecidos y a los críticos
A los ladrones y a los cínicos
Pues todos nos enseñan una gran lección.

Agradezcamos a nuestros enemigos
Todos sus gestos mezquinos
Toda su falsedad e impudicia

Pues nos muestran quien es digno
De nuestro tiempo y respeto
De nuestra lealtad y afecto
Con su soberbia estulticia.

Brindemos pues señores
Por quien nos quiere bien
Y por quien nos quiere mal

Pues ganamos nosotros
Al ser piadosos
Y ellos se condenan
Como la sierpe de Adán.

Paloma de Grandes V.

Pólvora


  


El viento huele a pólvora
Hay palmeras en el aire
Verdes como tus ojos
Brillantes como diamantes.

En mis oídos truenan
Los gritos de la fiesta y el gentío
Como truenan en mi corazón
Los ecos de este vacío infinito.

Se encienden los cielos
Con explosiones de estrellas
Cubriendo las jacarandas
De dorado rocío

Cataratas de lentejuelas,
Bautismo de lumbre y ruido.
Oh qué penosa visión
Ahora que no estás conmigo.

Mece las tipas el viento
Como mecen mi alma
los recuerdos dormidos.
Entonces murmura su aliento
Que tú ya no estás,
Que tú ya te has ido.

Llega entonces el silencio,
Viaja el humo sin destino,
Crepitan sonoros aplausos
Acompasando a mi hastío.

Vuelve la ciudad a la vida.
Vuelve con ella el frio.
Y yo me apago en la noche
Como va la luciérnaga
a morir al río.

Porque no volverás,
Porque ya no eres mío.

Paloma de Grandes V.

lunes, 5 de mayo de 2014

¿Qué es ser normal?



Lo normal es aquello que hace todo el mundo. Lo que ahora llaman “mainstream” para que nos entendamos. Cuando tienes 20 años lo normal es beber, salir, tener facebook y tener whatsapp en el móvil mientras que cuando uno se hace mayor lo normal es tener un piso en propiedad con su correspondiente hipoteca a 50 años vista, casarse y tener hijos, por citar algunos ejemplos. Si alguien nos dice que no tiene televisión en casa le miramos como un bicho raro. “¡Este sigue en la Edad Media!” pensaremos.

Resulta curioso cómo nos debatimos constantemente entre el ser normales y ser “anormales”. Todos queremos ser aceptados por los demás pero al mismo tiempo queremos marcar la diferencia, ser memorables. Que un día nos vayamos de un sitio y la gente diga “Es que sin ti no es lo mismo”. En definitiva, sentirnos únicos e irrepetibles.

Otra cosa bien distinta es querer destacar a toda costa. Porque no hay nada que esté más de moda que ir contra la moda. El ser un rebelde sin causa a lo James Dean. Eso de decir por sistema que no a todo porque eso de ser normal está mal visto. En suma, ser normal equivale a ser un mediocre. Lo peor es que como está tan de voga ser diferente o “alternativo”, al final uno acaba cayendo en aquello de lo que intentaba huir, es decir, se convierte en una contradicción con patas, en un castillo de naipes que con un solo soplo se viene abajo.

Está bien cuestionarse las cosas que se dan por sentadas y rebatir las expectativas que los demás tienen con respecto a nosotros pero de ahí a ponerse un traje hecho con filetes de carne como Lady Gaga o presentarse en la Sorbona montado en un deportivo lleno de coles como hizo Dalí hay un trecho. ¿Es diferente? Sí ¿Estrafalareo? También. ¿Innovador y osado? Yo lo llamaría más bien “afán de protagonismo y carencia afectiva seria” pero para eso están los psicólogos. Yo no soy más que una terapeuta de café con leche, o gin tonic, según sea de grave el asunto. Muy mainstream lo del gin tonic, aunque a mí eso de ponerle una raja de pepino a una copa me siga pareciendo raro, pero raro malo.

Por otra parte consideramos normal aquello a lo que estamos acostumbrados. Aquello que nos resulta familiar, bien porque lo hemos visto en nuestras casas, en nuestro grupo de amigos o en la tele. Lo normal se convierte entonces en algo muy subjetivo puesto que nosotros somos la vara de medir. Nosotros nos consideramos normales. Siempre son los demás los que son extraños o raros. Quizás sea porque si hay algo que conocemos bien (o deberíamos) es a nosotros mismos, mientras que la gente que se cruza en nuestro camino es una constante incógnita. Por ello cuando pensamos o exclamamos al conocer a alguien “¡por fin alguien normal!” lo que realmente queremos decir es “por fin encuentro a alguien como yo” con los mismos gustos, opiniones, costumbres o valores. Porque ¿para qué negarlo? todos nos buscamos en los demás o, cuando menos, un reflejo de lo que somos. Todos buscamos que nos comprendan y que no se esté poniendo constantemente en duda y cuestionando nuestra manera de obrar, lo que decimos o lo que pensamos. A veces es un gusto no tener que explicar nada cuando a nuestro interlocutor las cosas de las que hablamos le son tan propias que las palabras sobran.  

No obstante, si hay que ser raro, que sea por convicción y no por dar la nota. Hay gente a la que no le importa lo que digan de ellas mientras hablen de ellas. Yo personalmente prefiero que hablen bien de mí y prefiero pensar también que los que hablan mal de mi persona lo hacen por ignorancia. Porque no saben por qué soy como soy, bien sea por dejadez o por prejuicio. Porque no se han tomado el trabajo de conocerme o simplemente porque no son capaces de entender mi proceder ya que para ellos el suyo es el único válido. Esa gente que siempre tiene la razón y que nunca se equivoca. Oráculos de Delfos que ven todo en blanco o negro. Sin matices y sin escala de grises. Como esa gente que dice que cree en la libertad de expresión y luego te recrimina que no pienses igual que ellos. Gente que en lugar de decir como Churchill “No me gusta lo que dice pero daría la vida porque siguiese diciéndolo” empuñarían la pistola sin pensárselo dos veces.

La rareza puede ser entrañable sin duda, pero solo cuando es auténtica y no fingida, cuando es tolerante y cortés. Que otros hayan hecho lo mismo que nosotros antes no nos desacredita, al igual que ser revolucionarios no nos asegura ser admirables cuando la causa se limita a la satisfacción del ego y a creer que “yo soy mejor porque soy distinto”. Hay gente que no necesita vivir grandes epopeyas ni ser portada de revista para estar satisfecho con su existencia. Gente que se limita a vivir una vida tranquila, predecible, quizá aburrida para algunos, en la que encuentra el sosiego mientras que otros necesitan el movimiento constante y experimentar la emoción de lo desconocido. Como se suele decir “hay gente pa’ to’”, y eso es bueno. Si todos fuésemos idénticos qué aburrimiento sería. Además, y como suele ocurrir siempre, la belleza y la fealdad de las cosas y de las personas está en los ojos de quien mira y juzga.

Admitámoslo. Todos somos raros, para bien o para mal. Todos tenemos nuestros traumas, nuestros miedos, nuestras frustraciones y nuestras manías porque, a fin de cuentas, somos el resultado de una vida que hemos elegido y se nos ha impuesto a partes iguales.  

Paloma de Grandes V.

lunes, 21 de octubre de 2013

El Hada Azul





Cierto día el Hada Azul,
quiso a la tierra bajar
y se mandó preparar
su gran carroza de tul.
Diciendo: "A cada mujer
de las diversas naciones,
les voy a dar tantos dones
como pueda conceder".

Bajó aquí sin dilación,
tocó su cuerno amarante
y acudieron al instante
una de cada nación.

Llamó y dijo a la italiana:
Tú tendrás ardientes ojos...
y tendrás labios tan rojos
que parecerán de grana.

Por tu cutis sonrosado,
dijo a la inglesa, serás
entre todas las demás
un tesoro codiciado.

Por tus nacarados dientes
le dijo a la austriaca luego,
verás quemar en el fuego
de amor a tus pretendientes.

A la mujer parisiena
le dio una distinción,
ingenio, corrección...
y hasta corazón también.

Y así fue haciendo lo mismo
pródiga con todas ellas,
repartiendo entre las bellas;
a una sentimentalismo,
a otra ingenio, a otra blancura,
a otra claro entendimiento,
a esa otra un alma pura...

Así acabó sus dones,
que entre todas repartió,
cuando al terminar salió
de entre todas las naciones
una gallarda manola
muy joven, casi chiquilla,
que lucía una mantilla
de rica blonda española,
y que acercándose al Hada,
ruborosa dijo así:
Según veo para mí
no me habéis dejado nada.

Quedóse el hada un momento
suspensa de admiración
y fijando su atención en ella,
con acento dijo luego:
¿Tú qué quieres
que yo te pueda otorgar?
¿Tienes algo que envidiar
a todas estas mujeres?
¿No tienes el pelo acaso
abundante, negro, hermoso?
¿No tienes el porte airoso?
¿No hay en tu mirada clara,
rayos de sol que fascina?
¿No es tu sonrisa divina?
¿No es bellísima tu cara?
Entonces, ¿qué quieres?, di
si aún juntando a todas ellas,
resultan menos bellas que tú.

¿Qué buscas aquí?
Sin embargo, dijo el Hada:
yo no quiero que al marcharte
tengas porqué lamentarte
de que no te he dado nada.

Y mirando a la manola
dijo alzando más el tono:
¡A ver, que traigan un trono
a la mujer española!

Y en este cuento me fundo
si es que este cuento no engaña,
para decir que en España
está lo mejor del mundo.


II

Las mujeres españolas
se distinguen por su cuerpo,
por su cara tan risueña,
su talento y su salero.

Una de estas mujeres,
a ninguna se la iguala,
porque entrega cuando ama
todo el candor de su alma.

Mujeres, como capullos en flor;
vosotras sois el orgullo español;
mujeres morenas de labios coral
que entregáis la vida
y el alma al besar...

Mujeres que lleváis en los ojos
las luces de un tesoro
del Cielo Español.

Dedico esta poesía
en fechas tan señaladas,
a estas fiestas Covarchinas,
a las Reinas y sus Damas. 

Rosita Denia

domingo, 20 de octubre de 2013

Soneto 116



Permitid que no admita impedimento
Ante el enlace de las almas fieles
No es amor el amor que cambia siempre por momentos
O que a distanciarse en la distancia tiende.

El amor es igual que un faro imperturbable,
Que ve las tempestades y nunca se estremece.
Es la estrella que guía la nave a la deriva,
De un valor ignorado, aún sabiendo su altura.

No es juguete del Tiempo, aun si rosados labios
O mejillas alcanza, la guadaña implacable.
Ni se altera con horas o semanas fugaces,
Sino que aguanta y dura hasta el último abismo.

Si es error lo que digo y en mí puede probarse,
Decid, que nunca he escrito, ni amó jamás el hombre.

William Shakespeare   

viernes, 11 de octubre de 2013

Obras son amores





Vuestro temple me embelesa
por lo espontáneo y sencillo
gentil como una paloma,
dócil como un corderillo

Que a pesar de tanta pompa,
y de la gala que os rodea
nunca conmigo fuisteis
ni engreída ni abyecta.

Qué elegancia, qué finura
qué delicada hermosura
hallé en vos al despertar
aquella mañana de julio
Con ese batín de seda
sentada en aquella mesa
al hablar de Gibraltar.

¡Qué preclaro pensamiento!
¡Cuán agudo el intelecto!
Vuestro verbo tan sincero,
tan cabal y tan directo
me recuerdan a los niños
y la ternura de sus juegos.

Vuestras manos prodigiosas
sólo propias de las diosas
que me hacen perder el sentido
como los nardos fragantes
ayudan a los errantes
a volver a su camino.

Tanto os añoré
que quizá mi mente me engañe
pero el sol del verano maravillas
ha hecho en vuestro semblante. 

Vuestros labios hoy me llaman
como el alba llama al día
y si de mí dependiese
yo mi vida entregaría
pues estar lejos de vos
qué horrible destino sería.

Por ello reclamo en Florencia
me obsequiéis con vuestra presencia
aunque sea un día o dos
pues cuando vuelva a aquellos lares
todo me parecerán solares
y no pensaré más que en vos

Estas palabras le dijo,
ella calló y sonrió
Pues sabía que lo que oía
tenía poco valor.

Que nadie olvide jamás
La moraleja de este cuento:
las palabras son palabras,
poco son si no son hechos.
Pues como dijo el refranero
obras son amores 
y lo demás tormento.


Paloma de Grandes V.