domingo, 3 de abril de 2016

Expectativas




Muy bien. Hoy toca hacer examen de consciencia. Mujeres del mundo, a vosotras me dirijo. Sí, a vosotras. Porque solemos ser nosotras las que pecamos de lo que sigue. Los hombres no os retiréis tan pronto. Puede que esto también os interese…



Muchas de nosotras, sobretodo las que estamos solteras, tenemos la esperanza de encontrar el amor. Con mayúsculas, negrita, itálica y subrayado. A un caballero de brillante armadura a lomos de un blanco rocín que al vernos asomadas al balcón caiga rendido a nuestros pies, que con la primera palabra que salga de nuestra boca se vuelva loco de amor. *Suspiro* Todas tenemos esa fantasía, especialmente las mujeres de mi generación. No sé si será por todas las películas de Disney que nos hicieron ver de pequeñas. El caso es que todas, salvo alguna contada y admirable excepción, hemos imaginado ese amor quasi metafísico, a ese hombre con cualidades de semi dios que entra en nuestra vida y lo cambia todo de un plumazo. Pero (siempre tiene que haberlo) las expectativas que tenemos en la mayoría de los casos suelen ser desmesuradas y por tanto, irremediablemente llevan a la frustración y al desencanto.



Todas las relaciones, tanto de amistad como de amor deben construirse sobre la confianza, y la confianza es algo que se crea con el tiempo al igual que los afectos. Cuando conocemos a alguien por primera vez aunque nos caiga muy bien no le damos las llaves de nuestra casa, ni le contamos aquella etapa tan oscura de nuestra vida en la que lo pasamos fatal, ni dejamos que nos achuchen ni nos soben. Aunque haya por ahí algún que otro exhibicionista emocional que te cuente, por ejemplo, que su padre le abandonó de pequeño cuando lleváis cinco minutos hablando. Eh… vale… Esas cosas son innecesarias e incómodas. Sobretodo cuando alguien no nos conoce lo suficiente ni nos tiene la suficiente estima para entenderlas o siquiera intentarlo. Además de que la cara de poker de nuestro interlocutor puede ser épica. Hay que respetar los tiempos, los propios por supervivencia y los ajenos por decencia. A veces nos falta un poco de saber estar emocional olvidando como decía Santa Teresa de Jesús que “Cada momento tiene su afán”. Sin embargo, si esto parece tan evidente en lo que a la amistad se refiere ¿por qué no habría de ocurrir lo mismo en las relaciones amorosas? ¿Acaso no deberían ser nuestros novios nuestros mejores amigos?



Los sentimientos, al igual que las plantas, necesitan tiempo para florecer. Las habichuelas mágicas, que nada más meterlas en la tierra brotan, sólo existen en los cuentos. Si alguien te dice lo contrario, que nada más mediar palabra contigo le ha quedado claro que eras la madre de sus hijos, huye como de la peste porque o te quiere para lo que te quiere o tiene un problema y de los gordos. Y aquí hay que entonar el mea culpa, chicas. No siempre van a ser los hombres los malos. Aplausos del público masculino. Como si los oyera.



Nos ilusionamos demasiado rápido cuando alguien parece responder a ese ideal personal que tenemos todas en la cabeza y esto se debe a que nos enamoramos de la lista de requisitos objetivos, no de la persona. Del potencial que ella representa y no de Pepe, Juan o como se llame el susodicho en cuestión. Y claro, unas expectativas tan altas hacen que cualquier cosa, cualquier gesto, palabra o la ausencia de los mismos supongan una pequeña decepción y fuente de cabreo. No quiero decir con esto que no haya capullos. Los hay y muchos. Que tampoco es todo culpa de nosotras.



Vivimos en una sociedad que te invita (cuando no te hace sentirte culpable o defectuoso por no querer hacerlo) a consumir sin fin: ropa nueva cada temporada, móvil de última generación cada dos años, ordenador cada tres y coche cada cinco... Y por desgracia, esta mentalidad se ha llevado también al terreno amoroso porque ¿quién va a querer una sola cosa cuando hay tanta oferta, tanto que ver, tanto que experimentar? Cada vez quedamos menos, me temo. El hombre se ha convertido en un bien de consumo más y al tratar a los demás como objetos nos estamos deshumanizando poco a poco. Es entonces cuando el cazador es presa de la frivolidad y el cazado, de la ingenuidad. Aquí que cada cual se meta en el respectivo saco. Tanto Facebook y tanto whatsapp para al final estar cada vez más lejos los unos de los otros.



Para quererse profundamente primero hay que conocerse profundamente. ¿Cuantas veces nos han hablado maravillas de un restaurante y cuando hemos ido nos ha parecido normalito tirando a malo? La cosa no es que el restaurante fuera malo, es que tus expectativas eran muy altas. Lo mismo pasa en temas de amores. Cuando las expectativas son muy altas aparecen los problemas. Todo te parece poco.



Cuando nos enamoramos por primera vez las cosas suelen pasar y evolucionar de forma natural. Precisamente porque no sabemos cómo va el asunto. No hay expectativas de ningún tipo. Y, como suele ocurrir a una edad temprana, el matrimonio ni entra en la ecuación. Pero claro, a uno le rompen el corazón por primera vez y amigo, la cosa cambia. A medida que uno vive y muere y vuelve a revivir tras cada ruptura las cosas ya no son tan sencillas. Tenemos más claro no tanto lo que queremos sino lo que no queremos. Tenemos miedo a que nos hagan daño otra vez y, en un momento dado, la sociedad y los años te recriminan no estar trayendo niños al mundo como churros y no llevar una alianza de oro en el dedo anular.



Con tanto bagaje interno y presión externa es difícil relajarse. Empezamos a musitar "el próximo es el definitivo". Entonces llega Arturo, o quien sea, que te dice dos piropos y parece reunir todos los requisitos de tu lista y, sin darle si quiera tiempo de demostrar que efectivamente (o no) es un chico estupendo, te encuentras poniendo todos los huevos en una cesta y pensando en los nombres de vuestros futuros churumbeles. Volviendo al símil agrícola, plantas la semilla y te pasas el día regando el tiesto y mirando cada cinco minutos a ver si el brote ha asomado ya sin darte cuenta de que con tanta agua la semilla se ahoga y muere en la tierra. Esa presión autoinflingida y que además condiciona nuestra forma de comportarnos con el Arturo de turno no es necesaria y acaba por enturbiarlo todo.



Quizás debiéramos recuperar aquello que en algún momento perdimos. Aquella capacidad de dejarnos sorprender sin esperar nada a cambio. Acercarnos a los demás de una forma desinteresada, como si nunca nos hubieran herido o defraudado, al igual que no dejamos de hacer amigos porque uno nos la haya jugado o nos saliera rana. Dejar de quemar etapas y disfrutar más del aquí y ahora, dejando que las cosas sean lo que tengan que ser, para bien o para mal, sin forzarlas. Quizás antes que un novio debiéramos buscar un amigo, y luego que sea lo que Dios quiera.

Paloma de Grandes V.

Acabamos con una pequeña nota musical del repertorio patrio que viene muy al caso. Enjoy! :)



martes, 10 de noviembre de 2015

Cartas a mi hijo





Hijo mío,

Aunque hoy sólo existas en mi mente debo escribirte esta carta en el caso en el que algún día por fin nacieras. Una carta que, con suerte, podrás leer cuando ya seas un hombre y que pueda guiarte y acompañarte a donde quiera que vayas.

Dios quiera que tu vida sea larga y esté llena de gozo. Sin embargo, has de saber que la vida está repleta de sinsabores. No dejes que esto te aflija pues las desgracias no son ajenas a nadie y no entienden de clase o condición. No pienses por tanto que se trata de una afrenta personal y acéptalas por lo que son, pues en las penas encontramos muchas veces nuestra redención y nuestra fuerza.

Encontrarás a tu paso quienes te prometan amistad y lealtad y que no cumplan estos votos pero nunca has de devolverles su traición ni imitar su vileza. En cambio págales con tu perdón y sigue tu camino. No niegues nunca una segunda oportunidad pero rechaza siempre dar una tercera. No por orgullo ni por soberbia sino porque quién no supo honrar tu confianza por segunda vez seguramente no lo sepa hacer en lo sucesivo.

Huye de quienes te adulen sin razón, por tu riqueza o posición y desconfía de quienes solo te busquen cuando la fortuna te sonría. En cambio, sé prodigo con quienes en la debilidad y la flaqueza sostuvieron tu mano y enjugaron tus lágrimas cuando llorabas amargamente.

En las cosas importantes dí siempre la verdad aunque duela ya que hay ocasiones en las que es mejor herir de muerte que dejar que el otro se desangre en mentiras. En las que no lo son, que sean tus palabras siempre amables y si tus pensamientos no lo son, al menos sé lo suficientemente prudente como para saber cuando callar.

Trata a quien encuentres siempre con educación. Sé paciente y compasivo con los necios pues todos somos fruto de nuestro pasado y hay quienes hieren para no ser heridos de nuevo. No dejes que la falta de mesura ajena determine nunca tu proceder. Nunca tomes lo que no es tuyo, sea dinero, cosa o mujer, pues quién no respeta lo ajeno no puede esperar de los demás recato con lo que es suyo. Y recuerda que para alcanzar el bien propio no es necesario socavar el ajeno.

Ojalá encuentres a una mujer que te ame sobre todas las cosas incluso a pesar de ti mismo. Que en ella encuentres no sólo a una amante sino también a una amiga y confidente. Y cuando la encuentres, espero tengas el valor suficiente como para luchar por ella y entregarte a ella por completo, sin medias tintas, y que ella a cambio sepa perdonar tus ofensas siempre y cuando estas puedan disculparse y que encuentre entrañables tus defectos pues si has de parecerte a tu madre estos serán numerosos. Tan sólo espero que no heredes ni mi terquedad ni mi mal genio y que sí tuviera alguna virtud las tengas tú todas.

Tu madre que aún no lo es pero que te querrá siempre.

Paloma de Grandes V.

jueves, 5 de noviembre de 2015

If...

 
Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila
cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan,
y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.
Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera;
si, engañado, no engañas;
si no buscas más odio que el odio que te tengan...
Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres;
si, al hablar no exageras lo que sabes y quieres.

Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo;
si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
Si tropiezas al triunfo, si llega tu derrota
y a los dos impostores los tratas de igual forma.
Si logras que se sepa la verdad que has hablado,
a pesar del sofisma del Orbe encanallado.
 Si vuelves al comienzo de la obra perdida,
aunque esta obra sea la de toda tu vida.

Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría
tus ganancias de siempre a la suerte de un día,
y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era.
Si logras que tus nervios y el corazón te asistan
aun después de su fuga de tu cuerpo en fatiga
y se agarran contigo cuando no quede nada
porque tu los deseas y los quieres y mandas.

Si hablas con el pueblo y guardas tu virtud.
Si marchas junto a reyes con tu paso y tu luz.
Si nadie que te hiera llega a hacerte la herida.
Si todos te reclaman y ninguno te precisa.
Si llenas los minutos de cada nuevo día
con sesenta segundos de avanzar en tu vida...
Todo lo de esta Tierra será de tu dominio,
Y mucho más aún; serás hombre, hijo mío.

Ruyard Kipling


If

 
If you can keep your head when all about you   
    Are losing theirs and blaming it on you,   
If you can trust yourself when all men doubt you,
    But make allowance for their doubting too;   
If you can wait and not be tired by waiting,
    Or being lied about, don’t deal in lies,
Or being hated, don’t give way to hating,
    And yet don’t look too good, nor talk too wise:

If you can dream—and not make dreams your master;   
    If you can think—and not make thoughts your aim;   
If you can meet with Triumph and Disaster
    And treat those two impostors just the same;   
If you can bear to hear the truth you’ve spoken
    Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
    And stoop and build ’em up with worn-out tools:

If you can make one heap of all your winnings
    And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
    And never breathe a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
    To serve your turn long after they are gone,   
And so hold on when there is nothing in you
    Except the Will which says to them: ‘Hold on!’

If you can talk with crowds and keep your virtue,   
    Or walk with Kings—nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
    If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
    With sixty seconds’ worth of distance run,   
Yours is the Earth and everything that’s in it,   
    And—which is more—you’ll be a Man, my son!
 
Ruyard Kipling

lunes, 12 de octubre de 2015

La Confesión de Dámaso


Siempre fui un ser egoísta y desconsiderado. Nunca me importó en exceso el dolor ajeno hasta que la conocí a ella. Quizás si no la hubiera querido tanto no me hubiera importado hacerle daño. Pero la amaba de una forma pura, distinta de como había amado a otras mujeres. No la deseaba de una forma carnal y obscena como me ocurría con las demás. Sólo quería protegerla de las miserías del mundo y ello inevitablemente implicaba alejarla de mí. Yo me conocía demasiado bien y a pesar del amor que le tenía y de la ternura que me inspiraba sabía muy bien que dar un paso hacía adelante hubiera sido un error. Yo me hubiera cansado de las rutinas maritales y habría acabado buscando fuera de ella otras cosas. No porque ella no me las pudiera dar sino para satisfacer mis ansias de libertad. Inevitablemente ella me hubiera acabado odiando. Puede que ahora también lo haga. No lo sé. Aunque tendría derecho a hacerlo y no la culparía por ello. Al fin y al cabo, no hay decepción más mordaz que la de las ilusiones frustradas. Soy consciente del dolor que le provoqué al no satisfacer las expectativas que yo mismo cree y quizás si pudiera volver atrás habría obrado de otro modo, pero lo cierto es que en ese momento hice lo que creí mejor. Quizás si hubiera sido tan racional como ahora las cosas habrían sido diferentes. Quién sabe. Sin embargo llegó un momento en el que yo tampoco pude evitar ceder a la tentación. Pero ¿cómo evitar no caer prisionero de esos ojos infinitos de noche estrellada? ¿Cómo no prendarse de ese amor incondicional más propio de Dios que de los hombres que parecía no agotarse en ella? Había algo en ella que no era de este mundo ni de este tiempo. Era antigua en sus formas y principios. Como esas estatuas de mármol níveo que se encuentran en lo alto de las escalinatas de los palacios. Era como un haz de luz en la mediocre oscuridad del mundo. Tenía una forma de andar y de moverse cautivadora. Majestuosa como un cisne deslizándose entre los juncos de un lago. Y, a pesar de su elegancia, era también curiosa y entusiasta como una niña. Siempre tenía una palabra alegre revoloteando entre los labios y una canción entre los dientes. En verdad era una criatura hermosa. Como un lirio en el claro de un bosque. Arrancarla de la tierra habría equivalido a matarla. Tarde o temprano yo la habría matado. Por eso preferí contemplarla en la distancia como se contempla un adorno de cristal en lo alto de una repisa, con miedo de tocarlo y romperlo. Nadie me dijo entonces que hay miradas que son capaces de romper muchas cosas ni que hubiera silencios que hiriesen más que muchas palabras. 

Paloma de Grandes V.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Somos todos Don Quijotes




Somos todos Don Quijotes a quienes las circunstancias se empeñan en sumir en la locura. Así nos colocamos el casco y el peto creyendo ser caballeros y echamos a andar por el mundo sin rumbo alguno, tropezando con gentes de toda clase y condición sin entender muy bien el por qué de estos encuentros.

Todo en esta vida pasa por una razón. Aunque en el momento no sepamos comprender el por qué. Las cosas no ocurren por mera casualidad. Cuando alguien se cruza en nuestro camino es por algo. Para que nos amen o nos hieran. Dos almas no se encuentran si no hay un motivo. Tiene que ser todo parte de un gran plan.

Hay quienes lo llaman Dios, destino, karma... El nombre, a fin de cuentas, es lo que menos importa. Pero hay algo ahí. Como una fuerza insondable que nos empuja hacia los demás. Hay algo que nos conduce los unos a los otros de forma inconsciente e inexorable, que hace que nos encontremos en el lugar preciso y en el momento exacto. Como una especie de imán invisible. Como si una cuerda nos atara los unos a los otros. Como un ovillo que sin saberlo vamos siguiendo a tientas y que nos lleva a los demás.

Y un día, como por arte de magia, el puzzle se completa. Las piezas que antes no pegaban van encajando. Las que estaban pérdidas aparecen. Entonces comenzamos a tener una imagen más clara del por qué de las cosas, de por qué pasó lo que pasó y de la forma en que pasó. Por qué una mula antaño nos pareció un rocín cuando le faltaba casta y altura. Por qué hubo veces que el dolor fue tan punzante, la dicha tan breve y la voluntad tan voluble. Por qué luchamos contra molinos creyendo que eran gigantes. Por qué quien prometió alguna vez quedarse por siempre se fue para no volver nunca. Por qué quien sólo estaba de paso se instaló, por suerte, sin intención alguna de marcharse convirtiéndose sin comerlo ni beberlo en nuestro fiel Sancho. Por qué algunos te quieros caducaron y algunos silencios gritaban a voces. Por qué yo soy yo y no otro. Moldeado como la arcilla entre mil manos y tiempos diversos.

Entonces... una paz absoluta. La paz de entender por fin la razón de ser de las cosas y un suspiro de agradecimiento por lo vivido y sufrido, que tienden muchas veces a ser una sola cosa.

La vida no es justa o injusta. Simplemente es. Procuremos por ello no quejarnos cuando nos aceche el desánimo o la tristeza. En su lugar, miremos al futuro confiados y pensemos: "Algún día lo comprenderé todo y cuando llegue ese día seré completamente dichoso." Sea pues lo que haya de ser y bienvenido sea siempre pues todo, por suerte y no por desgracia, está ya escrito. Ojalá nuestras vidas sean las novelas que inspiren quizás a algún loco a vender su hacienda y buscar a su Dulcinea al final de todos los caminos.

Paloma de Grandes V. 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Las equis del mapa


Creo que uno de mis peores defectos, a parte de fumar, es que soy muy impaciente. Lo quiero todo aquí y ahora. Quizás por eso en lugar de pintar al óleo pinto con acrílicos. Se secan rápido y no tengo que esperar días para ver como ha quedado el cuadro. 

No obstante, me he dado cuenta de que no soy la única que vive con prisas. Es mucha gente la que vive con los ojos puestos en el futuro sin darse cuenta de lo que tiene ante sus narices. Quieren lograr esto y lo otro, tener una casa, un trabajo, el coche, casarse, hijos, todo el pack. Y, no me entendáis mal. Tener objetivos en la vida está muy bien. Son la brújula que nos dirige y da sentido a nuestro viaje. Sin embargo, es importante no ofuscarse en el destino y disfrutar un poco del trayecto. 

Muchos pasamos de segunda a quinta, sin más preámbulos, y luego pinchamos. Llegamos al destino, si es que no nos la pegamos antes por ir con tantas prisas, y cuando llegas y te preguntan " ¿Viste el acantilado tan bonito que había en el kilómetro 30?" "¿Qué acantilado? Yo estaba con los ojos en la carretera" "¿Cómo? No me digas que te lo perdiste..." Pues sí, te lo perdiste y puede que no vuelvas a pasar por allí. Seguramente tengas que limitarte a escuchar descripciones del maravilloso acantilado en lugar de verlo con tus propios ojos. 

Una vez más el árbol no te dejó ver el bosque. Llegaste a dónde querías llegar pero no disfrutaste del viaje. No te detuviste ni un segundo a contemplar las cañadas, ni a escuchar el murmullo de los ríos, ni a apreciar la grandeza de las montañas, ni los colores de los prados, ni el oro de los trigales que te rodeaban. Pasaste por ahí, sin pena ni gloria, y punto. Y si te preguntan por lo que viste sólo podrás hablar de las señales de la carretera y no de todo lo demás, que era gran parte del encanto del trayecto. 

Que porque te detengas un momento a oler las flores o a observar el paisaje desde un mirador no vas a dejar de llegar a tu destino. Tu destino está ahí. No se va a mover. Puede que tardes un poco más de lo que tenías previsto pero al menos podrás contar algo más que si había poco o mucho tráfico. 

Lo importante no son tanto las equis que hayas marcado en tu mapa vital sino más bien las líneas que conectan los puntos y puesto que nos pasamos tanto tiempo en la carretera más vale disfrutar un poco de las vistas ¿no? Parar a estirar las piernas, a recuperar fuerzas y a respirar un poco de aire fresco. Y si hay algún merendero cerca pues echar un par de horas allí y saborear el sándwich y, de paso, el momento, apartando de nuestra mente el "tengo que llegar". O peor, que estés tan distraído y tan agobiado con llegar que vas y te saltas la salida y tengas que dar una vuelta enorme para volver a donde estabas al principio, cuando quizás de haber estado más relajado habrías podido apreciar lo bonito del camino y encima llegar a donde querías. 

¡Baja la velocidad! Pon un poco de música, relájate y disfruta. Las ciudades no se mueven y las cosas que son para ti no se van a ir a ningún sitio ni te van a pasar de largo. Déjate sorprender. No tomes atajos. A veces los caminos más largos son los mejores precisamente porque son los que nos preparan para nuestro destino, que no tiene porque ser el que tú marcaste en el mapa.

Deja que sean tus andares los que marquen tu destino y no tu destino el que determine tu forma de andar. Quién sabe. Quizás tus pasos te lleven a lugares más hermosos de lo que jamás pudiste imaginar. Sitios que no venían en las guías. Yo por lo pronto me voy a comprar unos óleos. Puede que tarde más en pintar el cuadro pero seguro que me sale algo más bonito. 

lunes, 20 de abril de 2015

Hagan sus apuestas señores


La vida es como una partida de naipes. Al principio de la partida se te dan unas cartas. Luego lo que hagas con ellas es cosa tuya. Robas nuevas cartas del mazo, te descartas de otras... Pero a veces ocurre que las cartas de las que te deshiciste vuelven a tus manos. ¿Coincidencia? No lo creo. Sí esa carta ha vuelto a tus manos probablemente sea porque o no le diste buen uso la primera vez o porque no pudo cumplir su función, sea la que sea. Bien para que aprendas la lección de una vez por todas si no te quedó clara o simplemente porque nunca debiste deshacerte de ella en primer lugar.

No existe el momento perfecto. El momento aparece y te toca la mano que te toca. El problema es que muchas veces ni siquiera llegamos a echar la partida. Vemos las cartas y por muy buenas que sean pensamos que la persona que tenemos delante las tiene mejores y nos levantamos de la mesa sin apostar, o apostamos siendo demasiado moderados, mientras que si nos hubiéramos arriesgado quizás habríamos salido de pobres.

Es increíble cuantísimas cosas perdemos por miedo a perder, cuando lo cierto es que tenemos mucho más que ganar. Esto ocurre sobretodo cuando en el pasado uno ha sido demasiado pródigo, apostando quizás por manos que no valían un duro. Hiciste un "all in" pero como la mano era mala te desplumaron. Cuando has tenido poco criterio y la cosa te ha salido rana luego, cuando te llega una buena mano y tienes a la suerte de tu parte, piensas que las cartas o no son tan buenas o son demasiado buenas para ser ciertas y te vas.

No obstante hay manos que merecen la pena, aunque al final de la jugada te quedes sin blanca. Hay experiencias que merecen ser vividas y gente que merece ser descubierta y sobretodo que merece que se les de la oportunidad o, por lo menos, el beneficio de la duda. Porque no todas las cartas son iguales. No es lo mismo que te toque un cinco cuando el resto de las cartas son cada una de su padre y de su madre a que caiga en tus manos la sota que necesitabas para completar tu escalera. Cada carta tiene su valor en un momento dado. La que en la mano anterior no te servía para nada puede ser en la siguiente justo la que tú necesites para completar tu juego y llevarte el gato al agua.

Lo bueno que tiene la vida es que a veces sí se puede volver atrás y volver a probar suerte. Quizás la silla siga vacía y las cartas estén aún en la mesa cuando te des cuenta de que en realidad eran una maravilla. Sí es así, siéntate y juega y que sea lo que Dios quiera. Puede que pierdas otra vez pero si ganas te podrás comprar unos bonitos zapatos nuevos y recorrer nuevos y sorprendentes caminos que de otro modo no habrías descubierto.

No hay un momento perfecto para ser feliz. El momento se presenta y o lo agarras o se escapa, y puede que para no volver. Por eso apuesta, aunque sólo te quede una ficha, porque quien no arriesga no gana y, quien sabe, puede que esa ficha te haga ganar una fortuna.

Se reparten las cartas: "Una, dos, tres, cuatro... Chico, ¡despierta! Sales tú. ¿Apuestas o te rajas?"

Paloma de Grandes V.