martes, 16 de diciembre de 2014

Pólvora


  


El viento huele a pólvora
Hay palmeras en el aire
Verdes como tus ojos
Brillantes como diamantes.

En mis oídos truenan
Los gritos de la fiesta y el gentío
Como truenan en mi corazón
Los ecos de este vacío infinito.

Se encienden los cielos
Con explosiones de estrellas
Cubriendo las jacarandas
De dorado rocío

Cataratas de lentejuelas,
Bautismo de lumbre y ruido.
Oh qué penosa visión
Ahora que no estás conmigo.

Mece las tipas el viento
Como mecen mi alma
los recuerdos dormidos.
Entonces murmura su aliento
Que tú ya no estás,
Que tú ya te has ido.

Llega entonces el silencio,
Viaja el humo sin destino,
Crepitan sonoros aplausos
Acompasando a mi hastío.

Vuelve la ciudad a la vida.
Vuelve con ella el frio.
Y yo me apago en la noche
Como va la luciérnaga
a morir al río.

Porque no volverás,
Porque ya no eres mío.

Paloma de Grandes V.

lunes, 5 de mayo de 2014

¿Qué es ser normal?



Lo normal es aquello que hace todo el mundo. Lo que ahora llaman “mainstream” para que nos entendamos. Cuando tienes 20 años lo normal es beber, salir, tener facebook y tener whatsapp en el móvil mientras que cuando uno se hace mayor lo normal es tener un piso en propiedad con su correspondiente hipoteca a 50 años vista, casarse y tener hijos, por citar algunos ejemplos. Si alguien nos dice que no tiene televisión en casa le miramos como un bicho raro. “¡Este sigue en la Edad Media!” pensaremos.

Resulta curioso cómo nos debatimos constantemente entre el ser normales y ser “anormales”. Todos queremos ser aceptados por los demás pero al mismo tiempo queremos marcar la diferencia, ser memorables. Que un día nos vayamos de un sitio y la gente diga “Es que sin ti no es lo mismo”. En definitiva, sentirnos únicos e irrepetibles.

Otra cosa bien distinta es querer destacar a toda costa. Porque no hay nada que esté más de moda que ir contra la moda. El ser un rebelde sin causa a lo James Dean. Eso de decir por sistema que no a todo porque eso de ser normal está mal visto. En suma, ser normal equivale a ser un mediocre. Lo peor es que como está tan de voga ser diferente o “alternativo”, al final uno acaba cayendo en aquello de lo que intentaba huir, es decir, se convierte en una contradicción con patas, en un castillo de naipes que con un solo soplo se viene abajo.

Está bien cuestionarse las cosas que se dan por sentadas y rebatir las expectativas que los demás tienen con respecto a nosotros pero de ahí a ponerse un traje hecho con filetes de carne como Lady Gaga o presentarse en la Sorbona montado en un deportivo lleno de coles como hizo Dalí hay un trecho. ¿Es diferente? Sí ¿Estrafalareo? También. ¿Innovador y osado? Yo lo llamaría más bien “afán de protagonismo y carencia afectiva seria” pero para eso están los psicólogos. Yo no soy más que una terapeuta de café con leche, o gin tonic, según sea de grave el asunto. Muy mainstream lo del gin tonic, aunque a mí eso de ponerle una raja de pepino a una copa me siga pareciendo raro, pero raro malo.

Por otra parte consideramos normal aquello a lo que estamos acostumbrados. Aquello que nos resulta familiar, bien porque lo hemos visto en nuestras casas, en nuestro grupo de amigos o en la tele. Lo normal se convierte entonces en algo muy subjetivo puesto que nosotros somos la vara de medir. Nosotros nos consideramos normales. Siempre son los demás los que son extraños o raros. Quizás sea porque si hay algo que conocemos bien (o deberíamos) es a nosotros mismos, mientras que la gente que se cruza en nuestro camino es una constante incógnita. Por ello cuando pensamos o exclamamos al conocer a alguien “¡por fin alguien normal!” lo que realmente queremos decir es “por fin encuentro a alguien como yo” con los mismos gustos, opiniones, costumbres o valores. Porque ¿para qué negarlo? todos nos buscamos en los demás o, cuando menos, un reflejo de lo que somos. Todos buscamos que nos comprendan y que no se esté poniendo constantemente en duda y cuestionando nuestra manera de obrar, lo que decimos o lo que pensamos. A veces es un gusto no tener que explicar nada cuando a nuestro interlocutor las cosas de las que hablamos le son tan propias que las palabras sobran.  

No obstante, si hay que ser raro, que sea por convicción y no por dar la nota. Hay gente a la que no le importa lo que digan de ellas mientras hablen de ellas. Yo personalmente prefiero que hablen bien de mí y prefiero pensar también que los que hablan mal de mi persona lo hacen por ignorancia. Porque no saben por qué soy como soy, bien sea por dejadez o por prejuicio. Porque no se han tomado el trabajo de conocerme o simplemente porque no son capaces de entender mi proceder ya que para ellos el suyo es el único válido. Esa gente que siempre tiene la razón y que nunca se equivoca. Oráculos de Delfos que ven todo en blanco o negro. Sin matices y sin escala de grises. Como esa gente que dice que cree en la libertad de expresión y luego te recrimina que no pienses igual que ellos. Gente que en lugar de decir como Churchill “No me gusta lo que dice pero daría la vida porque siguiese diciéndolo” empuñarían la pistola sin pensárselo dos veces.

La rareza puede ser entrañable sin duda, pero solo cuando es auténtica y no fingida, cuando es tolerante y cortés. Que otros hayan hecho lo mismo que nosotros antes no nos desacredita, al igual que ser revolucionarios no nos asegura ser admirables cuando la causa se limita a la satisfacción del ego y a creer que “yo soy mejor porque soy distinto”. Hay gente que no necesita vivir grandes epopeyas ni ser portada de revista para estar satisfecho con su existencia. Gente que se limita a vivir una vida tranquila, predecible, quizá aburrida para algunos, en la que encuentra el sosiego mientras que otros necesitan el movimiento constante y experimentar la emoción de lo desconocido. Como se suele decir “hay gente pa’ to’”, y eso es bueno. Si todos fuésemos idénticos qué aburrimiento sería. Además, y como suele ocurrir siempre, la belleza y la fealdad de las cosas y de las personas está en los ojos de quien mira y juzga.

Admitámoslo. Todos somos raros, para bien o para mal. Todos tenemos nuestros traumas, nuestros miedos, nuestras frustraciones y nuestras manías porque, a fin de cuentas, somos el resultado de una vida que hemos elegido y se nos ha impuesto a partes iguales.  

Paloma de Grandes V.

lunes, 21 de octubre de 2013

El Hada Azul





Cierto día el Hada Azul,
quiso a la tierra bajar
y se mandó preparar
su gran carroza de tul.
Diciendo: "A cada mujer
de las diversas naciones,
les voy a dar tantos dones
como pueda conceder".

Bajó aquí sin dilación,
tocó su cuerno amarante
y acudieron al instante
una de cada nación.

Llamó y dijo a la italiana:
Tú tendrás ardientes ojos...
y tendrás labios tan rojos
que parecerán de grana.

Por tu cutis sonrosado,
dijo a la inglesa, serás
entre todas las demás
un tesoro codiciado.

Por tus nacarados dientes
le dijo a la austriaca luego,
verás quemar en el fuego
de amor a tus pretendientes.

A la mujer parisiena
le dio una distinción,
ingenio, corrección...
y hasta corazón también.

Y así fue haciendo lo mismo
pródiga con todas ellas,
repartiendo entre las bellas;
a una sentimentalismo,
a otra ingenio, a otra blancura,
a otra claro entendimiento,
a esa otra un alma pura...

Así acabó sus dones,
que entre todas repartió,
cuando al terminar salió
de entre todas las naciones
una gallarda manola
muy joven, casi chiquilla,
que lucía una mantilla
de rica blonda española,
y que acercándose al Hada,
ruborosa dijo así:
Según veo para mí
no me habéis dejado nada.

Quedóse el hada un momento
suspensa de admiración
y fijando su atención en ella,
con acento dijo luego:
¿Tú qué quieres
que yo te pueda otorgar?
¿Tienes algo que envidiar
a todas estas mujeres?
¿No tienes el pelo acaso
abundante, negro, hermoso?
¿No tienes el porte airoso?
¿No hay en tu mirada clara,
rayos de sol que fascina?
¿No es tu sonrisa divina?
¿No es bellísima tu cara?
Entonces, ¿qué quieres?, di
si aún juntando a todas ellas,
resultan menos bellas que tú.

¿Qué buscas aquí?
Sin embargo, dijo el Hada:
yo no quiero que al marcharte
tengas porqué lamentarte
de que no te he dado nada.

Y mirando a la manola
dijo alzando más el tono:
¡A ver, que traigan un trono
a la mujer española!

Y en este cuento me fundo
si es que este cuento no engaña,
para decir que en España
está lo mejor del mundo.


II

Las mujeres españolas
se distinguen por su cuerpo,
por su cara tan risueña,
su talento y su salero.

Una de estas mujeres,
a ninguna se la iguala,
porque entrega cuando ama
todo el candor de su alma.

Mujeres, como capullos en flor;
vosotras sois el orgullo español;
mujeres morenas de labios coral
que entregáis la vida
y el alma al besar...

Mujeres que lleváis en los ojos
las luces de un tesoro
del Cielo Español.

Dedico esta poesía
en fechas tan señaladas,
a estas fiestas Covarchinas,
a las Reinas y sus Damas. 

Rosita Denia

domingo, 20 de octubre de 2013

Soneto 116



Permitid que no admita impedimento
Ante el enlace de las almas fieles
No es amor el amor que cambia siempre por momentos
O que a distanciarse en la distancia tiende.

El amor es igual que un faro imperturbable,
Que ve las tempestades y nunca se estremece.
Es la estrella que guía la nave a la deriva,
De un valor ignorado, aún sabiendo su altura.

No es juguete del Tiempo, aun si rosados labios
O mejillas alcanza, la guadaña implacable.
Ni se altera con horas o semanas fugaces,
Sino que aguanta y dura hasta el último abismo.

Si es error lo que digo y en mí puede probarse,
Decid, que nunca he escrito, ni amó jamás el hombre.

William Shakespeare   

viernes, 11 de octubre de 2013

Obras son amores





Vuestro temple me embelesa
por lo espontáneo y sencillo
gentil como una paloma,
dócil como un corderillo

Que a pesar de tanta pompa,
y de la gala que os rodea
nunca conmigo fuisteis
ni engreída ni abyecta.

Qué elegancia, qué finura
qué delicada hermosura
hallé en vos al despertar
aquella mañana de julio
Con ese batín de seda
sentada en aquella mesa
al hablar de Gibraltar.

¡Qué preclaro pensamiento!
¡Cuán agudo el intelecto!
Vuestro verbo tan sincero,
tan cabal y tan directo
me recuerdan a los niños
y la ternura de sus juegos.

Vuestras manos prodigiosas
sólo propias de las diosas
que me hacen perder el sentido
como los nardos fragantes
ayudan a los errantes
a volver a su camino.

Tanto os añoré
que quizá mi mente me engañe
pero el sol del verano maravillas
ha hecho en vuestro semblante. 

Vuestros labios hoy me llaman
como el alba llama al día
y si de mí dependiese
yo mi vida entregaría
pues estar lejos de vos
qué horrible destino sería.

Por ello reclamo en Florencia
me obsequiéis con vuestra presencia
aunque sea un día o dos
pues cuando vuelva a aquellos lares
todo me parecerán solares
y no pensaré más que en vos

Estas palabras le dijo,
ella calló y sonrió
Pues sabía que lo que oía
tenía poco valor.

Que nadie olvide jamás
La moraleja de este cuento:
las palabras son palabras,
poco son si no son hechos.
Pues como dijo el refranero
obras son amores 
y lo demás tormento.


Paloma de Grandes V.

domingo, 26 de mayo de 2013

¡Domestícame!


Entonces apareció el zorro:

—¡Buenos días! —dijo el zorro.

—¡Buenos días! —respondió cortésmente el principito, que se volvió pero no vio nada.

—Estoy aquí, bajo el manzano —dijo la voz.

—¿Quién eres tú? —preguntó el principito— ¡Qué bonito eres!

—Soy un zorro —dijo el zorro.

—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—, ¡estoy tan triste!

—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—, no estoy domesticado.

—¡Ah, perdón! —dijo el principito...
Pero después de una breve reflexión, añadió:

—¿Qué significa "domesticar"?

—Tú no eres de aquí —dijo el zorro— ¿qué buscas?

—Busco a los hombres —le respondió el principito—. ¿Qué significa "domesticar"?

—Los hombres —dijo el zorro— tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? —volvió a preguntar el principito.

—Es una cosa ya olvidada —dijo el zorro—, significa "crear lazos... "

—¿Crear lazos?

—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

—Comienzo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

—Es posible —concedió el zorro—, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

—¡Oh, no es en la Tierra! —exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

—¿En otro planeta?

—Sí.

—¿Hay cazadores en ese planeta?

—No.

—¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

—No.

—Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

—Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

—Por favor... domestícame -le dijo.

—Bien quisiera -le respondió el principito-, pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.

—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

El principito volvió al día siguiente.

—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.

—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves, entonces, son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:

—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.

—Tuya es la culpa —le dijo el principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...

—Ciertamente —dijo el zorro.

—Y vas a llorar!, —dijo el principito.

—¡Seguro!

—No ganas nada.

—Gano —dijo el zorro—, he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

—No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

—Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

—Adiós —le dijo.

—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.

—Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que tú has perdido con ella.

—Es el tiempo que yo he perdido con ella... —repitió el principito para recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...

—Yo soy responsable de mi rosa... —repitió el principito a fin de recordarlo.

Extracto de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry

sábado, 20 de abril de 2013

Don Juan Tenorio (III)

Bueno, llegamos al fin al famoso extracto por todos conocido o que todos debieran conocer. Tras leer la carta de Don Juan, éste aparece en su habitación e Inés se desmaya de la impresión. Don Juan decide entonces llevarla a su casa y cuando ésta despierta Brígida le explica que se produjo un fuego en el convento y que Don Juan la rescató y la trajo a su casa para asegurarse de que estuviera a salvo. Doña Inés preocupada por su padre desea marcharse pero en ese momento aparece Don Juan y después de tranquilizarla y decirle que su padre sabe que se encuentra sana y salva le dice lo siguiente:


JUAN: ¿No es cierto, ángel de amor, 
que en esta apartada orilla 
más pura la luna brilla 
y se respira mejor? 
Esta aura que vaga, llena 
de los sencillos olores 
de las campesinas flores 
que brota esa orilla amena; 
esa agua limpia y serena 
que atraviesa sin temor 
la barca del pescador 
que espera cantando el día, 
¿no es cierto, paloma mía, 
que están respirando amor? 
Esa armonía que el viento 
recoge entre esos millares 
de floridos olivares, 
que agita con manso aliento; 
ese dulcísimo acento 
con que trina el ruiseñor 
de sus copas morador, 
llamando al cercano día, 
¿no es verdad, gacela mía, 
que están respirando amor? 
Y estas palabras que están 
filtrando insensiblemente 
tu corazón, ya pendiente 
de los labios de don Juan, 
y cuyas ideas van 
inflamando en su interior 
un fuego germinador 
no encendido todavía, 
¿no es verdad, estrella mía, 
que están respirando amor? 
Y esas dos líquidas perlas 
que se desprenden tranquilas 
de tus radiantes pupilas 
convidándome a beberlas, 
evaporarse, a no verlas, 
de sí mismas al calor; 
y ese encendido color 
que en tu semblante no había, 
¿no es verdad, hermosa mía, 
que están respirando amor? 
¡Oh! Sí. bellísima Inés, 
espejo y luz de mis ojos; 
escucharme sin enojos, 
como lo haces, amor es: 
mira aquí a tus plantas, pues, 
todo el altivo rigor 
de este corazón traidor 
que rendirse no creía, 
adorando vida mía, 
la esclavitud de tu amor.
INÉS: Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!, 
que no podré resistir 
mucho tiempo sin morir, 
tan nunca sentido afán. 
¡Ah! Callad, por compasión, 
que oyéndoos, me parece 
que mi cerebro enloquece, 
y se arde mi corazón. 
¡Ah! Me habéis dado a beber 
un filtro infernal sin duda, 
que a rendiros os ayuda 
la virtud de la mujer. 
Tal vez poseéis, don Juan, 
un misterioso amuleto, 
que a vos me atrae en secreto 
como irresistible imán. 
Tal vez Satán puso en vos 
su vista fascinadora, 
su palabra seductora, 
y el amor que negó a Dios. 
¿Y qué he de hacer, ¡ay de mí!, 
sino caer en vuestros brazos, 
si el corazón en pedazos 
me vais robando de aquí? 
No, don Juan, en poder mío 
resistirte no está ya: 
yo voy a ti, como va 
sorbido al mar ese río. 
Tu presencia me enajena, 
tus palabras me alucinan, 
y tus ojos me fascinan, 
y tu aliento me envenena. 
¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo 
imploro 
de tu hidalga compasión 
o arráncame el corazón, 
o ámame, porque te adoro.
JUAN: ¡Alma mía! Esa palabra 
cambia de modo mi ser, 
que alcanzo que puede hacer 
hasta que el Edén se me abra. 
No es, doña Inés, Satanás 
quien pone este amor en mí: 
es Dios, que quiere por ti 
ganarme para él quizás 
No; el amor que hoy se atesora 
en mi corazón mortal, 
no es un amor terrenal 
como el que sentí hasta ahora; 
no es esa chispa fugaz 
que cualquier ráfaga apaga; 
es incendio que se traga 
cuanto ve, inmenso voraz. 
Desecha, pues, tu inquietud, 
bellísima doña Inés, 
porque me siento a tus pies 
capaz aún de la virtud. 
Sí; iré mi orgullo a postrar 
ante el buen comendador, 
y o habrá de darme tu amor, 
o me tendrá que matar.

Evidentemente la obra no acaba aquí. Son muchas las escenas dignas de ver y escuchar. Cómo ya dije en la primera entrada, la interpretación del montaje de TVE es magnífica. Por este motivo os dejo el vídeo de esta escena y, para los más osados u ociosos, el enlace de la obra completa. Realmente merece la pena verla entera.